Si la incapacidad y la simulación tuvieran un rostro en el Estado de México, llevarían el nombre de Mario Ariel Juárez Rodríguez. Un rápido recorrido por las colonias de Cuautitlán y por las vialidades estatales que estuvieron bajo su responsabilidad administrativa basta para entender el repudio generalizado hacia este personaje. Su marca registrada nunca fue el trabajo ni la transformación, sino una gravísima parálisis operativa contrastada de forma escandalosa con un inexplicable crecimiento patrimonial.
Durante su accidentada gestión municipal y su posterior etapa en la administración estatal, el patrón de abandono fue el mismo. Mientras las calles de Cuautitlán sufrían el colapso de la recolección de basura, falta de alumbrado e inseguridad desbordada, la Junta de Caminos que llegó a dirigir enfrentó indagatorias por contratos millonarios asignados mediante licitaciones restringidas y adjudicaciones directas a empresas que compartían domicilio fiscal. En palabras de los propios contratistas, las obras nunca se supervisaban, pero los "moches" y porcentajes para liberar cheques se exigían de manera sistemática.
El contraste entre el deterioro público y la bonanza privada de Juárez resulta simplemente obsceno. Ostentando un salario bruto modesto en la función pública, al exalcalde se le documentó el uso de flotillas de camionetas GMC, Ford Lobo Raptor de más de dos millones de pesos e incluso la adquisición oculta de vehículos deportivos de alta gama tipo Porsche. Toda esta riqueza permaneció convenientemente reservada o fuera de su declaración patrimonial en la Plataforma Nacional de Transparencia, en una flagrante violación a las leyes de rendición de cuentas.
Hoy, Juárez busca una vía de escape al ostracismo tratando de desempolvar su desgastada figura en Cuautitlán. Pretende que la ciudadanía sufra de amnesia selectiva y olvide cómo sus gestiones dejaron cráteres en los caminos y boquetes en las finanzas. La evidencia técnica y administrativa está a la vista de todos: Ariel Juárez representa la peor cara de la vieja política, aquella que destruye lo público para abonar a la opulencia privada.